MORRONGOS GALLEGOS


Si no fuera porque las fábulas tienden a explicarlo todo una vez se ha conocido la historia que se quiso contar, me gustarían. No obstante, como tengo un superpoder —me libro de las moralejas como otros se libran del flequillo largo—, acudo a ellas según mis necesidades y estimo lo que tenga que ser al presentarlas ante otros o al admitirlas entre lo que me concierna. De esta manera, a nadie extrañará que aluda a uno de esos relatos, porque, aunque conocido, sirve a mis propósitos.


Se trata de un cuento zen, de acuerdo con la opinión de algunos, en el que un samurái tiene problemas con un ratón: un compañero de estancia indeseado. Le aconsejaron tomar un gato y lo hizo. Magnífico, saludable, brioso. También algo presumido. Muy de posados y posturitas. Y el ratón recibió al nuevo con cierta tendencia a la burla: ya que se iba a divertir, que no se ahorrara en aplausos.


En vista de esto, el samurái buscó un nuevo gato… este sí era un ejemplar astuto como pocos y muy preocupado por mantener su hoja de servicios, en la que destacaban sus funciones como centinela, siempre pulcra.


El ratón se abstuvo de comparecer, aunque nunca se marchara: cuando el estupendo defensor se dormía, el primo de Pérez deambulaba a lo suyo sin temor.


Y, puesto que la “fiera” estaba por ser cazada, el samurái fue en busca de otro gato.


Lo cierto es que nada invitaba a pensar que este iba a ser mejor que los anteriores. Más bien, todo lo contrario. Pero el samurái pensó que se estaba acabando la fábula y valía la pena aguantar: sin duda, como en el título de la narración figuraban tres, este minino…


Procedía de un templo zen. En apariencia, flojo. A menudo ensimismado, como pendiente de alguna otra cosa relacionada con la trascendencia.


El ratón, persuadido de asistir a un periodo memorable de la vida, concluyó que también a este se le podría torear… y se equivocó. Demasiado pagado de sí mismo, confiaba en su trayectoria y en un indiscutible triunfo. Ocurre con muchos otros animales, de los llamados racionales. Y la familiaridad del éxito, como árbol que oculta el bosque, trajo la violencia inesperada de una zarpa felina cayendo inmisericorde sobre su pequeño cuerpo.


¿Significa eso que el samurái estaba a favor de los gatos? No lo sé. Me parece poco probable que pudiera decirse de él que era un ailurófilo, es decir, alguien que siente amor por esas criaturas. La relación que tuvo con estas mascotas debe calificarse como de mera utilidad. ¿Celebró el pasado sábado 8 de este mes de agosto —mes que, por lo pesado, me parece semejante a un buey o a un hipopótamo— el Día Internacional del Gato? He de preguntárselo. Mas, ailurófilos o no, muchos son los que han elegido a esos animales como miembros de sus familias y expresan gusto y afinidad por su compañía, también en una ocasión así.


Yo soy partidario de los gatos. Y de los perros. Y de los mocasines, aunque sean unos zapatos que usé hace mucho tiempo. Me gusta verlos, tratarlos durante un corto tiempo y, después, como al tabernero que te sirve el café o la copa de Europa desde el otro lado del mostrador —y pienso en Moe Szyslak—, adiós, muy buenas.


Esto no quita para que tengan su sitio en la cultura, y yo lo aprecie y estime, y hasta en la mitología. Por supuesto, la egipcia, pero en la gallega…


Álvaro Cunqueiro, el extraordinario escritor de *Merlín y familia*, *Las crónicas del Sochantre*, *Las mocedades de Ulises* y *Fábulas y leyendas de la mar*, entre bastantes otras, habló del “gatipedro”:


“El gatipedro se asemeja a un gato gordo sin patas traseras, con un cuerno rojo en mitad de la cabeza”.


Así lo expresa Cunqueiro en la narración *Marcelino Pardo*. Y continuaba:


“El gatipedro se arrastraba hasta el dormitorio del niño y comenzaba a verter agua de su cuerno, dejándola gotear sobre el suelo. Mientras dormía, el niño oía aquel goteo constante que le invitaba —y casi le obligaba— a orinar. Esto, repito, es lo que le sucedía a Marcelino Pardo. Su padre le pegaba, su madre se desesperaba y sus hermanos se burlaban de él, al igual que sus compañeros de escuela, que de alguna manera se habían enterado de los accidentes nocturnos de Marcelino”.


Pero entonces llegó el doctor, manejando un cuatrimotor, desde Betanzos. Recetó unas pastillas y, como no surtieran efecto:


“Marcelino tomaba agua de ortiga y le aplicaban cataplasmas calientes de huevo y flor de tilo en el vientre. Nada funcionaba”.


¿Qué otra cosa entonces? Un curandero “de las cercanías de Pontedeume” que, mediante sus artes, dictaminó que debía tratarse del “gatipedro”. Luego informó de los detalles, insistió en las características del enigmático ser e indicó la solución al problema:


“El gatipedro no soportaba la amargura de la sal y, al darse cuenta —al mismo tiempo— de que había sido descubierto, se llevaba su música —la música del goteo del cuerno— y se marchaba a otra parte”.


Después de esto, ya lo saben los que sean padres y se vean afectados por estos padecimientos infantiles. Si los niños aflojan sus esfínteres a fin de que se viertan las aguas, hace falta sal. No para los niños, sino contra el gato. Contra el morrongo con cuernos y enorme lengua.



Me destoso.



https://dle.rae.es/morrongo



https://www.belencribs.org/los-tres-gatos-fabula-japonesa/



https://pizarradelespectador.blogspot.com/2017/09/cuentos-cortos-los-tres-gatos-del.html



https://www.larazon.es/animales-mascotas/que-dia-internacional-gato-celebra-8-agosto-tiene-unica-fecha-b50m_202608086a76df21a5690f04736dfe34.html



La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona COPILOT.





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