PAQUITA
Me interesé por el origen, el punto de partida al que se vincula la atribución de calidad que merecen las cosas hechas sin prisa. Tiene que ver con el eslogan de una marca de cerveza. Remite a lo artesanal, pero las resonancias de este proceder como faceta de comercio, a mis ojos, son una demostración de interesados equívocos. No hace falta profundizar demasiado en los hechos. Una vez descontada la particularidad, los casos aislados en los que, efectivamente, impugnar todo viso de urgencia tenga como resultado, fruto de la pericia de los ejecutantes, productos de extraordinario valor, se interviene mediante la generalización para formar parte de los de la partida: si mi producto se hace sin prisas y todo lo que se realiza sin un límite de tiempo es, por eso mismo, magnífico, lo que pongo a la venta es como la lluvia en Sevilla; pura maravilla.
Al parecer, llegada la Revolución Industrial, nace el primer movimiento que sublima lo hecho a mano: Arts & Crafts.
En el año 2018 se desarrolló una exposición en el Museu Nacional d’Art de Catalunya acerca de William Morris, representante máximo de la corriente ligada al diseño y las artes decorativas que se inició en Gran Bretaña hacia 1880. Hoy, en la web del museo, se puede leer:
“Fue un movimiento nacido desde los ideales, la preocupación por los efectos de la industrialización en el diseño, el saber y la vida cotidiana. Abogaba por una reactivación de la artesanía tradicional, un retorno a una forma de vida más simple y una mejora en el diseño de objetos domésticos ordinarios”.
Naturalmente, esto es materia de examen y de diálogo, y cabe encontrar pros y contras, pero, como siempre, los publicitarios, sensibles a la idea de lo poco que nos gusta conocer, en realidad, cómo son las cosas, se valen del viejo truco: apunta, dispara, cobra la pieza y, si surgen preguntas, responde después. Esto último casi nunca sucede.
Ahora bien, ¿qué tiene que ver Paquita en todo esto? Pues varias cosas. Paquita, como muchas otras personas, acepta estos mensajes y obra en consecuencia. De ahí que los anunciantes y las marcas sigan ganando sus muy buenos y legales dineros. Sin embargo, esta Paquita no es una Paquita cualquiera. Paquita —se llame en verdad Paquita o no— es una veraneante que acude casi siempre a la misma hora a la playa en la que está instalado el chiringuito que frecuentamos y coincide con un grupo de mujeres al que llamamos “Paquitas”. A partir de aquí, da igual si son hombres, mujeres o grupos mixtos —ellas, ellos y elles—, toda congregación no demasiado numerosa es, para nosotros, lo mismo: “Paquitas”.
Paquitas en este territorio y en cualquier otro. Gentes que conversan y, dado que hablar de viva voz es una actividad antigua que, si no se hace con las manos —salvo que se necesite comunicar con personas sordas y se utilice el lenguaje de signos—, evade toda intermediación tecnológica artificial, entra en el catálogo de actividades artesanales que tanta demanda debieran originar.
Algunas de estas “Paquitas” estaban ayer noche frente a un muro de los que cierran el auditorio de verano de San Javier, en Murcia. Antes y después de la representación del *Retablo de las maravillas*, función de teatro en la que intervino el grupo Els Joglars. “Paquitas del postureo”, en ocasiones solo un comando, que se apresuraron a consentir un retrato fotográfico, como cuando vas a un parque temático, por aquello de que “nos van a sacar en redes y se sabrá que estuvimos aquí”. Tan viejo como escribir en las paredes o mearlas.
Otras “Paquitas”, en número de 3000 —si es que la capacidad del auditorio es esa—, estuvimos presenciando el arte de Ramón Fontseré y de sus compañeros, quienes se valieron de la sátira para recordar que es fácil estafarnos, porque ese tipo de engaños son de los que llegan a buen puerto —para quienes los urden— con la inestimable colaboración de lo muy tontos que somos los demás.
Mucha risa y bastantes motivos para la reflexión… Y sé que no fue como hubiera deseado, pero cuando al final los actores comparecían para recibir los aplausos del público, puesto que las personas que fueron personajes se permiten el lujo de contemplar a quienes les recibieron —en esos instantes—, durante apenas unas décimas de segundo me convencí de que el veterano actor nacido en Torelló, Barcelona, cruzaba su mirada con la mía. Tal vez porque me identificó como una “Paquita” más —artesanal, eso sí, porque aplaudía con las manos— y, probablemente, cautivo del pasmo al advertir mi presencia, dispuesto a olvidarse de la ocasión enseguida.
¡Como si nos conociéramos!
Me destoso.
https://www.museunacional.cat/es/william-morris-y-las-arts-crafts-en-gran-breta%C3%B1a
La imagen se obtuvo gracias a los servicios que proporciona ChatGPT.




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