ALGUNA VEZ EN LA CAMA
Buenas noches nocturnas... En *El secreto de la vida*, Karmelo Iribarren estima el amor y lo superpone, teniendo en cuenta sus formas más sencillas, a cuanta otra experiencia o bien que se pueda atesorar…
«Escuchas el sonido de la lluvia,
desde la cama, de noche,
junto a ella.
Te giras un poco
y observas
su perfil recortado en la penumbra;
en los labios, en calma,
ese amago de sonrisa.
Y no sabes cómo pero sabes
que no te hace falta
nada más,
que ahí
está todo lo que necesitas».
Tal vez ser poeta sea, entre otras cosas —Félix de Azúa sostiene que una cosa es escribir versos, incluso muy buenos, y otra ser poeta: en el segundo caso, la persona está hechizada por la poesía, pertenece a ese valor—, hacer patentes las experiencias, exponer los sentimientos propios como un modelo reconocible al que quienes tenemos limitaciones podemos sumarnos cuando somos incapaces de encontrar palabras para expresar lo nuestro.
Por lo tanto, no sé si el autor de estos versos es poeta semejante al parecer de Azúa o escribe buenos, muy buenos versos. Los que yo he leído, por cierto, me gustaron. Y, por otra parte, en esta pieza proporciona una imagen que vale por mil palabras. Testigo del poso que deja la confidencia —ya sea por participar como protagonista de lo que se dice que ocurrió o por entrar en sintonía con la ficción que todo lo visita—, remite a lo más simple para definir una vida económica e inmortal.
Sin embargo, se trata de una mera vertiente, un paso que no necesariamente hace a la montaña.
Acabo de seguir el Tour y la Vuelta, y las metáforas relacionadas con los más gloriosos hechos que protagonizan los atletas que practican este deporte no desaparecerán fácilmente.
Pues bien, ese minimalista convencimiento de que la satisfacción de vivir con tan poco ofrece réditos incalculables —de belleza, de placer, de humanidad en la más sublime concepción de la palabra— es no otra cosa que el retrato de un momento. Tal vez de una única oportunidad.
Porque la vida contiene muchas otras cosas, y algunas de ellas incluso son adversas: obligan a atender a seres y artefactos, muchas veces a disgusto. Y sobreviene una necesidad de cálculo.
Desde que las relaciones se consolidan —cuando las personas empiezan a convivir con toda la ilusión del mundo, de cara a los mejores vientos de la felicidad— surge una exposición, un contacto: la oportunidad de que los roces se conviertan en heridas. Al fin, todos nos damos cuenta de que no basta. Que no basta de una manera constante. Que ese momento de quietud y maravilla es nutritivo durante esa propia fracción. Errarán quienes piensen que me estoy refiriendo a la inviabilidad de un momento íntimo como el descrito en el poema o cuántos otros puedan producirse entre amantes. Mantengo que eso es parte de la fiesta y estas, muchas veces —por no decir todas—, acaban con resaca. Eso es lo que viene después.
En *Lo cotidiano*, Rosario Castellanos dice:
«Para el amor no hay cielo, amor, solo este día;
este cabello triste que se cae
cuando te estás peinando ante el espejo.
Esos túneles largos
que se atraviesan con jadeo y asfixia;
las paredes sin ojos,
el hueco que resuena
de alguna voz oculta y sin sentido».
Y tanto amor ha de ser esto último como lo primero; aquí interviene, por ejemplo, la decadencia…
Así que, si todo se fía a la plenitud constante —sea del orden que sea—, quien lo hace es iluso o, simplemente, sueña.
Otra virtud de la cama.
Me destoso.
https://x.com/poemasladc/status/2099360685633282191
https://www.zendalibros.com/felix-azua-maestro-lecturas/
https://www.archiletras.com/poemassentidos/lo-cotidiano-de-rosario-castellanos/
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona COPILOT.




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