CECI N’EST PAS UNE PIPE


Buenas noches nocturnas…


El tipo cierra la puerta del aula. Todavía hay luz natural, aunque antes de que finalice la clase puede que se necesite el alumbrado eléctrico. No tiene ante sí ni más ni menos personas de las que esperaba. Entonces, una vez hechos los saludos elementales, se dirige a los presentes a la vez que enseña un botellín de agua.


—Esto no es un melocotón. Y no lo es, de verdad. Pude haber traído conmigo una fotografía en la que apareciera un melocotón, y estaría en disposición de decir lo mismo: esto no es un melocotón. Recordarán la célebre obra de René Magritte: *La traición de las imágenes*, una pintura al óleo en la que aparece una pipa de fumar, inequívocamente detallada y, bajo ella, la leyenda: “Esto no es una pipa”. Y no lo es porque lo que vemos en ese cuadro es la representación de la pipa, no la pipa misma. En esto, lo que digo se parece al arte extraordinario del belga universal.


Enseña de nuevo el envase de plástico lleno de agua y prosigue.


—Entonces, esto no es un melocotón. No lo es, pero si lo fuera podría ingerirse. Y estaríamos hablando de un alimento extraordinario. Por si no me creen…


Toma una cajita que había depositado sobre su mesa de trabajo, la abre y extrae un papel que despliega. Luego, puesto que hay unas palabras escritas, lee:


“El melocotón es una fruta refrescante y muy completa. Destaca especialmente por su aporte de agua, fibra, vitaminas y compuestos antioxidantes. Favorece la salud digestiva. Ayuda con el cuidado de la piel y la vista. Tiene efectos antioxidantes y contribuye al control de la presión arterial: hidrata considerablemente y, al estar compuesto en más de un 85% por agua, aporta muy pocas calorías y ofrece una sensación de saciedad natural”.


A continuación, pliega de nuevo el papel y lo guarda en la cajita mientras toma de nuevo la palabra.


—“Hasta aquí puedo leer”. La frase no es mía. Se hizo famosa durante las intervenciones de Mayra Gómez Kemp, presentadora que fue del concurso televisivo *Un, dos, tres…*, quien, al conducir la segunda parte del programa, para dar pistas a los participantes, leía parcialmente un párrafo alusivo que concluía con la frase que acabo de pronunciar: “Hasta aquí puedo leer”. Y puedo leer solo lo que acaban de escuchar, porque no estamos aquí para hacer lecturas. Más tarde sabrán por qué digo esto. Ahora, nada más, convengan conmigo en que esto no es un melocotón, pero igual vamos a tenerlo con nosotros a partir de ahora.


Después menciona a un matrimonio, los dos de avanzada edad. Ella, la abuela, que ha acudido al río a lavar la ropa, encuentra un melocotón gigante flotando en el río. Lo recoge y lo lleva a casa, donde lo dispone en una especie de altar como ofrenda a la vida.


Cuando llega el abuelo, deciden abrir el melocotón. Intentan partirlo por la mitad. Pero la extraordinaria fruta se abre sola y del interior sale un niño. En el futuro, “el chico del melocotón”.


A partir de aquí, la vida sigue: el muchacho se cría bien y da unos estirones terribles cada vez que come arroz. Sin embargo, “si por sus actos los conoceréis”, actúa como un campeón de la vagancia. Ni siquiera para jugar se mueve.


A pesar de ello, un día accede a ir al monte y arranca un pino enorme de la misma manera que cualquiera hubiera tomado un palo.


Muy poco tiempo después, enterado de la existencia de un pueblo que se llama Oni —seres malignos que tienen cuernos en la cabeza y visten calzones de leopardo—, responsable de numerosas tropelías y robos de los que salieron perjudicados todos los vecinos del territorio donde vive el “niño melocotón”, anuncia a los abuelos su intención de acudir a ese país y derrotar a sus gentes.


Los abuelos están de acuerdo y la abuela prepara arroz para el viaje. Una vez el “niño melocotón” inicia su trayecto, encuentra a curiosos que lo abordan para preguntarle a dónde va.


Primero, un perro; luego, un mono y, por último, un faisán. Los tres obtienen respuesta y, pues reciben cada uno un puñado de arroz, deciden unirse a la empresa y acompañan al campeón.


Cuando llegan al país de los oni, y como estos no aceptan devolver los tesoros, comienza la batalla.


El primer problema se halla a la entrada de la fortaleza, pero el faisán vuela y, desde el interior de las murallas, abre la puerta del castillo.


Más tarde, el perro muerde las piernas de los oni, que caen cuán largos son.


La puntilla la ponen las afiladas uñas del mono, quien araña la cara de los oni.


Por su parte, el chico combate con su espada y obliga al capitán de los oni a rendirse.


Una vez todo termina, los oni entregan los tesoros y los cuatro vencedores regresan triunfantes a su tierra.


Los abuelos los reciben con alegría y preparan el tradicional baño caliente que se toma para descansar después de una larga jornada.


Finalmente, el tipo que ha estado hablando durante toda la tarde toma un trago de agua del botellín que ha fingido ser un melocotón y añade:


—Y fueron felices, claro. No es que me gusten los cuentos con un descarado final feliz, pero tampoco hay un cuento malo.


Aún quedó tiempo para intercambiar impresiones, para preguntar y responder.


Cuando la sesión hubo terminado, salió el último y apagó las luces que, sí, fueron necesarias.




https://www.revistavanityfair.es/cultura/entretenimiento/articulos/historia-y-secretos-del-programa-de-television-un-dos-tres-responda-otra-vez/24108



La imagen aparece en:


https://historia-arte.com/obras/la-traicion-de-las-imagenes






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