CIVILIZACIÓN A LARGO PLAZO
Tuve la tentación de utilizar su apellido como santo y seña de su persona. Por resumir el trámite: porque ustedes podrían hacerse cargo de lo que supone traer a colación a alguien, sin duda popular. Sin embargo, quien tiene fama en su propia casa no se garantiza que los ecos de la vida familiar den como resultado inmediato conocimiento más allá de ese ámbito. Está claro: escribe en el diario *ABC*, y los lectores de otros medios escritos no tienen por qué saber nada de lo que hace ni de lo que dice. Además, hubiera sido un gesto inadecuado, solo a mí atribuible, merecedor de todo tipo de reproches, pues daría a entender que lo frecuento, cosa que no es cierta.
Así pues, diré su nombre completo: José F. Peláez. Quien escribe para todos los lectores que se presenten y accedan a los servicios comerciales de la casa que lo acoge como columnista.
Peláez —ahora sí por abreviar y no como si le conociera de toda la vida— entregó a la empresa que le paga un artículo titulado “Unos hombres felices”, publicado el 30 de agosto.
Habla en esa pieza de restaurantes, de restauradores, de clientes más que particulares y de tiempo. Pero lean…
La cosa es que tenemos en el restaurante a Guido Castillo, aquel escritor al que Borges consideraba el mayor experto en *El Quijote*. Aquella noche se sentó con Juan Carlos Onetti y con los Hormaechea y empezaron a hablar de Cervantes. Cuando terminaron, o cuando alguien decidió que aquello tenía que terminar, habían pasado dos días enteros, es decir, cuarenta y ocho horas de sobremesa en las que se había bebido lo suficiente como para financiar una denominación de origen emergente. Algún cliente decidió que había que llamar a la policía. Y no para denunciar una pelea, que sería lo normal en un restaurante tras dos días bebiendo, sino para que desalojaran… ¡al dueño!”
Gente que se ensimisma en el confort de lo que saben y de lo que no saben, sin otro motivo que el de transitar por una civilización propia. La de las personas capaces de permanecer en lo que están hasta cuando creen conveniente porque no solo tienen tiempo, sino que son dueños de la regularización del mismo.
Aquí, según mi parecer, no hay intencionalidad antepuesta. Se trata de ejercer la naturalidad. Como digo, sin propósitos previos. Convinieron en estar juntos y no se preocuparon de la caducidad de esa decisión pactada.
Enseguida me pregunté por el modelo y si era posible trasladarlo a la vida del resto de los mortales. Eso en el caso de que pensáramos que podía aprovecharnos.
Pensé que, cuando se tienen cosas que decir y uno está dispuesto a escuchar lo que tengan que decir quienes concurren para lo que sea —escuchar de verdad, no hacer un intercambio de monólogos sin interacción alguna—, la vida puede durar. Ocurre, no obstante, que muchas veces tenemos pocas cosas que decirnos. Que nuestros intereses son materia reducida y la curiosidad que mostramos, si existe, está francamente reportada. De esta manera, los encuentros posibles, esas sobremesas, si es que hablamos de sobremesas, resultan breves. Bastante.
Es un problema.
Otro tiene que ver con la oportunidad de reunirse con otros indefinidamente. Por el gusto de estar. Olvidándose de toda premura, como si no existiera nada más hasta que eso se acaba. La oportunidad y el tiempo. Me refiero a disponer de días, como en el caso de la anécdota que narra Peláez —semejante a la que le contaron a él—, o incluso de más. Porque hacen falta posibles, es decir, respaldo económico.
En algún momento ha de conseguirse lo necesario para despacharse unas alubias sabrosas. Hay que trabajar o dirigir un negocio. Y eso quita mucho tiempo.
Sin una más o menos saneada cuenta bancaria, es difícil plantearse la comunión social de la palabra interminable —bien regada, bien alimentada—, sentándose ante una mesa respetable… salvo que renunciemos a todo lo que tenemos, a todo, y ocupemos el futuro en saldar el ocio con un atracón de novedades transmitidas de boca a oído. Como antes.
Es un plan atractivo para muchos. Digo regresar a convenciones sociales registradas en siglos pasados, erradicar la tecnología y volver a las tertulias caseras o centralizadas en los bares. Una pretensión ante la que no tengo nada que decir, salvo declinar toda invitación.
Me sabe bien el ejemplo, lo que trae a bien Peláez en su columna de *ABC*, y estoy de acuerdo en pensar que aquellos comensales eran personas felices. Pero también pudieron ser todo lo contrario.
Supongo que quienes sufren también pueden gastar su tiempo en llorarse indefinidamente.
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona COPILOT.




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