ESTOY ARRIBA DE LA BOLA
En compañía se hace mejor, pero se abstuvo de dar aviso: total, si hubiera que huir… aunque no parecía que fuera a ser el caso. Cuando, tras una fechoría, alguien aguarda y ayuda, existen más posibilidades de librar el pellejo. Cierto que, si hay botín de por medio, toca repartir después y, además, hay que dar muchas explicaciones y confiar. Confiar mucho.
Con este planteamiento, evitó dar recado de sus decisiones a ninguno de aquellos con los que convivía. Su objetivo estaba claro: aguardar la oportunidad, entrar en la casa, tomar lo que necesitaba y deshacerse de ello cuanto antes.
Conocía dónde compraban ese tipo de «adquisiciones». Sin hacer preguntas.
Y llegó el día. Estaba harto de los ladridos del perro de los vecinos. Ellos estaban avisados, pero el animal —imprevisible y tolerado por sus dueños— carecía de preferencias horarias para dinamitar el silencio.
Cruzar el patio, salvar la frágil valla que separaba las dos mitades, entrar en la casa con suma facilidad porque las puertas de las habitaciones eran tan sencillas de franquear como la cueva de Alí Babá, siempre que se conocieran las palabras mágicas —y él las había memorizado— y regresar por el mismo camino con el perro —el dichoso perro—.
Ladraría, sí, pero a nadie iba a extrañar. Sus dueños habían salido —le constaba— a una excursión por la costa y, como otras veces, lo dejaron solo.
De modo que… luces, cámaras, ¡acción!
Todo sucedió como estaba previsto… o casi todo. Ya que estaba dentro de la casa, se dedicó a curiosear. Tenía tiempo. Los suyos también estaban de viaje: estupenda coincidencia. Y estaba en ese despliegue cuando se le heló el aliento.
—Estoy arriba de la bola… estoy arriba de la bola…
Lo había escuchado claramente. «Hay alguien», se dijo… Pero no podía ser.
Estuvo quieto, escondido, por un largo tiempo. Luego escuchó de nuevo:
—Estoy arriba de la bola… estoy arriba de la bola…
Sabía qué significaba eso porque tenía amigos cubanos. Ellos utilizaban «estar arriba de la bola» cuando querían dar por hecho que estaban bien enterados de las cosas, al día. Entonces se dio cuenta de que no era una voz humana.
Entró en la habitación de donde provenía el sonido; detrás de él entró el perro, y observó lo que supuso era otro intruso: en una jaula grande, quién sabe si tan sorprendido como la persona que ahora observaba sus dominios, un magnífico ejemplar de loro gris africano.
Y, vaya, estaba de suerte. Dos pájaros de un tiro… bueno, un pájaro y un perro. Además, esta ave parlante podía reportarle una buena suma, tal vez 1500 euros. Muy codiciada porque estaba sujeta a graves restricciones de comercio. De las consideradas como en peligro de extinción.
Así que dio por terminada la campaña. Primero trasladaría al perro a su casa y luego regresaría para llevarse al loro.
Antes de agarrar la jaula, tomó un trapo para ponerlo sobre los barrotes y fue cuando ocurrió lo inesperado: el pájaro precioso recitó:
«Denle al vano el oro tierno
Que arde y brilla en el crisol:
A mí denme el bosque eterno
Cuando rompe en él el Sol».
Entonces se detuvo. Las fuerzas parecieron abandonarle. Tuvo que tomar asiento.
—Los *Versos sencillos* de Martí. Los que me recitaba el tatarabuelo.
Conmovido, lloró.
Al entrar la policía, porque alguien en el edificio había advertido sus maniobras sin saber que se trataba de una de las personas que residían allí, no opuso resistencia.
Ya en la cárcel, mientras esperaba interrogatorio, al repasar los acontecimientos filosofaba más resignado que temeroso:
—Quieres librarte de la fauna y la fauna se alía para darte justo en tus partes blandas.
https://www.dimecuba.com/revista/cubanos/mejores-frases-expresiones-cubanas/
https://teleelx.es/2026/09/19/detenido-un-hombre-por-sustraer-un-loro-valorado-en-800-euros/
https://ciudadseva.com/texto/versos-sencillos-03/
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona GROK.





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