IDA Y VUELTA
Buenas noches nocturnas… Algunas personas deambulan sin voluntad expresa de que se las reconozca y parecen de viaje. Sin embargo, es obvio: están de mudanza. Una mujer joven o de mediana edad acarrea dos maletas medianas y un bolso. Tiene que ser, al menos, el anticipo de un traslado general cuyos efectos visibles son el contraste entre lo que uno necesita para permanecer durante un tiempo limitado en el destino que se le antoje y lo que, sin duda, excede esa medida, y en mucho.
Pienso en los mercaderes del desierto, en las caravanas, en los camellos y dromedarios y su lento paso sobre la arena, cargados y silentes.
Aun así, no hay motivos para la aspereza de un panorama tan riguroso como el que aludo… Sí, sí: riguroso, claro, pero solo desde el punto de vista de un individuo urbano occidental.
Cabe preocuparse por las circunstancias de un trayecto de largo recorrido en ferrocarril; hoy en día, lo previsible supone aceptar, cuando menos, un abanico de incomodidades que parecieron haber desaparecido no hace tanto tiempo.
Fíjense, por ejemplo, en ese atleta oriental que viaja en el asiento posterior al que ocupaba quien sostiene la crónica de este ir y venir en tren. Delante de sí tiene un portátil conectado, en cuya pantalla se observan los detalles de configuración de un cronómetro. Tiene que tomar tiempos mientras entrena. Debe de ser campeón del mundo de cubo de Rubik, o quizá aspire a lograr tal galardón. Su actividad es incansable. Durante tres horas no va a parar. Y no hace falta observarle: el machacón mecanismo de su juguete —rota, rota, rota, rota— obra los mismos efectos que el de la gotita de agua que cae sobre el fregadero durante una noche tranquila. Se percibe como se aventa el mal y ya no hay descanso.
Y la digna representante de la juventud que desdeña las atractivas sugerencias propuestas por el mundo al alcance de la pantalla de su terminal de mano se inventa una videoconferencia para tratar asuntos relacionados con la ropa y su distribución en los armarios. Luego dicen que los jóvenes han renunciado a la comunicación interpersonal cara a cara; sin embargo, este noble espécimen de la estirpe humana consume algo más de una hora atenta a estos pormenores y, además, demuestra una generosidad sin límites: comparte con todo el vagón sus experiencias, porque lo que se sabe tiene que expandirse democráticamente.
El abogado que ha ocupado su asiento y aprovecha para atender a un cliente de nombre Mohamed utiliza las palabras «Marruecos» y «prevaricación». No hay pruebas de que estas dos voces tengan vínculos evidentes con lo de Ceuta, pero, de no haber otra cosa que hacer, estos mimbres pudieran ser materia mediante la que armar un buen cesto. Digo, una novela. Por menos se han escrito las grandes obras completas de la literatura universal.
Luego, tras hablar, ya más quedo, con su churri, duerme como un ceporro con la cabeza apoyada contra la mesita desplegable.
Ni siquiera el voluminoso compañero, que pregona los muchos apuros del viaje que lo han traído hasta esta circulación vespertina desde Cuba, consigue devolver al abogado al mundo de los espabilados.
Pero, aunque me entero después —me lo cuenta ella—, ha resultado muy estimulante saber de ese trío de airadas peregrinas que, deseosas de intercambiar pareceres y hacer balance de lo sucedido durante la ruta que hayan seguido para hacer el Camino de Santiago —probablemente solo una parte—, han tenido que morderse la lengua porque ocupaban plaza en el vagón del silencio.
¿No es maravilloso?
El vagón del silencio como habitáculo represivo. Todo el mundo preferiría disponer de asiento en ese tranquilizador coche; de hecho, quien puede elegirlo, así lo hace, y estas tres parlanchinas, por azares de la consecución electrónica de billetes, ingresan en prisión. En lo que para ellas fue la cárcel del silencio.
Precioso.
Con todo, Óscar Puente, esta vez, no se nos ha aparecido en busca de venganza. Dicen que el ministro surge de la nada para presentarse ante sus detractores cuando los trenes llegan con adelanto.
—¿Y ahora qué, eh? ¿Qué tienen que decir de los trenes, fascistas? ¿Y del ministro?
Por no estar, no estaba ni el autobús municipal que conecta el centro con los suburbios del mundo donde se encuentran las estaciones de tren que acogen convoyes, a veces, de alta velocidad. Parece ser que el criterio del trabajador a cargo fue el que se deriva de imitar a Chiquito de la Calzada:
—¡Hasta luego, Lucas! —dijo.
Y los que no teníamos un auto esperando en el aparcamiento comprendimos, al instante, que Lucas éramos todos.
Me destoso.
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona GEMINI.




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