PALABRAS MÁS, PALABRAS MENOS: LO IMPORTANTE ES SI CUNDEN O NO
Como no me conformo con la primera impresión, merezco lo que me pasa en algunas ocasiones. Pensé, de acuerdo con una noticia de la que hablaré más tarde, que hablar estaba sobrevalorado. Entonces quise averiguar qué decían las personas al respecto y encontré la voz de un psicólogo, Víctor Amat, quien apareció entrevistado en *AS* por Marta Rodríguez Peleteiro.
Amat opinaba que “Si hay algo sobrevalorado en la pareja es la comunicación”. Y, si es cierto que no se circunscribe al habla, puesto que dentro de las distintas formas de conexión e intercambio que se nos supone a los seres humanos, la palabra dicha seguramente triunfa entre todas esas modalidades, puedo traerlo aquí como fuente de autoridad.
No obstante, esta sentencia que acabo de exponer admite las necesarias explicaciones para que no se tome como un capricho. El psicólogo las concede y la periodista las pone en la publicación por escrito:
“Nos han dicho que hay que comunicarse, pero en toda pareja hay un elemento complementario, salvo si eres una persona que busca follarte a ti mismo. Pero siempre en una pareja buscas un elemento complementario”.
“Si uno de los dos elementos de la pareja es muy buen comunicador, probablemente el otro no es tan bueno. Animarlo a que sea tan buen comunicador como el otro es una manera de joder la relación”.
“Es muy importante encontrar qué cosas, más allá de la comunicación, tiene la pareja que los vincula. Hay un beso, hay un abrazo, hay un arrumaco, hay un estar presente…, hay muchas cosas más allá de la comunicación”.
Así que no hay por qué ocupar un sitio frente al atril de los grandes discursos para sentar cátedra durante cada hora que se pasa en compañía. No obstante, una vez observadas todas estas cosas con las que estoy de acuerdo —a pesar de que todo lo mencionado por el psicólogo, que dice que existe además de la palabra, son evidente comunicación—, continué con el examen. ¿Con qué me encontré entonces? Con todo tipo de alusiones a asuntos cuyos enunciados se sirven del verbo *sobrevalorar*, a favor o en contra. Demasiados usos. Contaminación, desde mi punto de vista.
No me quedaba otra que acudir a la noticia que me puso en marcha acerca de todo esto.
La primera referencia llegó a mis oídos mientras escuchaba la edición de hoy de “La España que madruga”, en “Más de uno”, de *Onda Cero*, que ahora dirige Rafa Latorre. En este segmento informativo del espacio radiofónico que acabo de mencionar, la colaboradora Natalia Hernández Rojo, periodista de información económica y redactora jefa de *Business Insider España*, hizo mención a una crónica que llevó a sus páginas *The Washington Post*.
Al parecer, conforme a lo expuesto por Ariana Eunjung Cha, la periodista que se responsabiliza de la noticia, las personas hablamos menos:
“Un análisis publicado en julio en la revista *Perspectives on Psychological Science*, que incluyó a más de 2000 personas, reveló que los estadounidenses y los habitantes de otros países hablan aproximadamente 300 palabras menos al día, lo que equivale a entre dos y tres minutos de conversación, cada año que pasa. Esta disminución —un descenso del 28 % entre 2005 y 2019— fue especialmente pronunciada entre los menores de 25 años”.
En el artículo, además, se menciona al politólogo de Harvard, Robert Putnam, autor del libro publicado en el año 2000, *Bowling Alone*. El escritor, también doctor en Filosofía, «documentó el declive de la participación cívica estadounidense y considera que la disminución de la interacción oral forma parte de un alejamiento generalizado y de larga data de la vida cara a cara. Los estadounidenses comenzaron a retirarse de clubes, iglesias, organizaciones vecinales y otras formas de participación comunitaria en la década de 1960, poco después del auge de la televisión, pero décadas antes de la llegada de los teléfonos inteligentes. La vida digital podría estar acelerando un proceso que ya estaba en marcha».
Todo esto, traducido del inglés mediante sistemas automáticos, de modo que cabe alguna imprecisión en la réplica de los testimonios que escogí.
Por otra parte, el sospechoso principal en esta causa tiene un solo nombre: tecnología. Un presunto “criminal” al que se cita porque es capaz de admitirlo todo; luego, no se acierta con nada de lo considerado, pues las generalizaciones producen el efecto de soplar hojas para reunirlas cuando hay viento. Pantallas, redes sociales y otras vanguardias que, por sí solas, son materiales inertes. De sobra se sabe que somos los seres humanos los que seleccionamos, elegimos, tomamos decisiones y actuamos. Para nuestro bien o para nuestro mal.
Que si los jóvenes prefieren mantener las distancias porque estar cara a cara supone un esfuerzo cognitivo superior, etcétera.
Pues sí. Y yo, que no soy joven, soy muy partidario. No como un vuelco, claro, sino como una opción más o menos puntual. Para mí sí está sobrevalorado conversar, ya sea de viva voz o mediante mensajería.
Es imposible que tengamos siempre algo que decir. Digo, sin abundar en insustancialidades. Por lo tanto, no consagrados a la excelencia en cada sílaba que pronunciemos —que por qué no—, convendría no obligarnos. Hablar cuando haya algo de lo que hablar y a sabiendas de que eso será siempre un ejercicio asimétrico: seremos unos empecinados parlanchines para algunos, y sosos, sosos, sosos para otros.
Me parece muy bien que se hagan estudios, que se tomen medidas para evaluar lo que corresponda y que se investiguen las causas reales, seguramente más profundas y relevantes que recurrir a lo de siempre. Ahora, yo no voy a ser ni más ni menos locuaz.
Me destoso.
https://www.washingtonpost.com/health/2026/09/03/gen-z-stare-decline-saying-things-out-loud/
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona GROK.




Comments
Post a Comment