TOCAR EL CIELO, SUFRIR EL SUELO
Buenas noches nocturnas… Esta misma mañana, durante la emisión de “La España que madruga”, en “Más de uno”, de Onda Cero Radio, Natalia Hernández Rojo proporcionaba un dato elocuente:
“Dos de cada cinco restaurantes con estrellas Michelin cierran sus puertas a los pocos años de recibir el galardón.
Los proveedores, conscientes del nuevo estatus, suben los precios; los propietarios aumentan el alquiler; el personal, de repente más cotizado, pide una subida de sueldo; y la cocina emplea ingredientes cada vez más caros y exclusivos.
El plato, en definitiva, se encarece y, claro, el número de comensales con posibles para comer allí, pues también se reduce.
Muchos cierran.”
Así que me puse a pensar en el éxito, ese que se origina a partir de la obtención de premios o de otros reconocimientos públicos.
Las expectativas de los ajenos, de los que se acercan al campeón para participar de los bienes que facilita comercialmente, son una constante opresiva, en tanto se demanda de quienes han sido distinguidos la misma excelencia de lunes a domingo. La misma, si no superior, puesto que de ese nivel también nos cansaremos todos.
Concurren, como expresaba la periodista en su noticia, otra serie de fuerzas que aumentan la presión desde dentro. Es un razonamiento que funciona, según creo, de esta manera: eres bueno; ganarás más; tendrás más; hacemos posibles tus éxitos; merecemos parte del pastel. ¿Y qué ocurre? Que lo que era beneficio y holgura se convierte en la misma losa a cuyo peso no se querría regresar. Porque, si hay migas, se comprende que hubo bizcocho y nadie piensa en el tamaño de aquello que se horneó. El dulce puede ser de un generoso tamaño, pero cada uno de los que se postulan como interesados en el reparto estima que la parte que les debe corresponder ha de resultar distributiva de acuerdo con lo que ellos imaginan que es la medida total de la tarta.
Por tanto, si no se quieren experimentar dificultades, el cálculo es inmediato: evitar los premios y reducir la publicidad. De lo contrario, ha de admitirse que los enterradores estarán cavando ya la tumba.
Hace poco me di cuenta de que los restaurantes, del tamaño que fueran, no aparecen en los programas publicitarios de la tele. Me refiero a esas emisiones interrumpidas por pequeñas pausas durante las cuales algunos profesionales dan noticias, algunos artistas hacen lo suyo o se cuentan historias a las que llamamos series. Se entrevista a chefs y otros cocineros de renombre realizan sus creaciones en programas televisivos manufacturados, sí. Y puede entenderse que en alguna de esas ocasiones, más que un diálogo o una proposición divulgativa, se trate de inducir al espectador para que considere las habilidades del protagonista como bienes a solicitar en un momento dado. Pero no hay ventanitas animadas como esas en las que se nos dice lo estupendas que son las galletas o lo incomparable del perfume tal.
El caso es que no sé si esto funciona con todo. Digo que habría que estudiar estadísticamente las actividades de las empresas y de los individuos para saber si hay una deriva hacia el fracaso inmediatamente después de un éxito incontestable.
Aunque, a ver, ponernos de acuerdo tampoco va a ser un indicativo fiable, al margen de las idas y venidas de nuestras cambiantes opiniones a la hora de valorar todo esto.
Creo que sí que ha de saberse qué es lo que puede hacer uno solo o en compañía, porque no todo es posible, a pesar de lo que se pregone. Las audacias permiten logros apreciadísimos y, a menudo, tienen consecuencias indeseables. Debe saberse la fuerza que se tiene, la energía con la que se cuenta y los límites, los límites de cada uno, los administre por sí misma la vida o sus agentes.
Me acuerdo de esas películas de aventuras en las que los protagonistas atraviesan un lugar por el que, en pos de algo que se quiere conseguir, pasaron otros, con el mismo propósito, antes. Suele ser un depósito de cadáveres… pues eso.
Me destoso.
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona GROK.
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