MARTES EN EL BAZAR
Buenas noches nocturnas… Hoy, en el mercado, nos ofrecieron productos de marca internacional: sudaderas, zapatillas superventas y prendas deportivas con rebajas sustanciosas. No por hacernos un favor o porque sientan verdadera simpatía por los clientes, sino porque hay que deshacerse de cierto número de existencias mediante el estímulo condicionado.
Las llamadas plataformas televisivas, como se reanudan determinadas competiciones deportivas de interés, promueven un acceso pagado a precios atractivos, para que los aficionados que no estuvieron cuando arrancó la temporada acepten ahora esta oportunidad: saquen su entrada —dicen— y no se desplacen de su salón.
Hay productos bancarios y de inversión, electrodomésticos de cocina, ungüentos de belleza, accesorios textiles para el baño, ofertas de menaje y unas zapatillas.
Los voceadores proclaman que las piezas de todos los números a la venta garantizan comodidad superior para el pie, además de protección y capacidad para mantener esa parte tan importante de las extremidades de las personas a una temperatura agradable. Especialmente pensando en esos días en los que las bajas temperaturas serán rutina.
Cuando tras el calor acontece el frío, al igual que sucede con la ropa de vestir y con la ropa de cama, hay que reacondicionar los armarios para que unas prendas sean sustituidas por otras. En mi caso, salvo acumular capas de tela a fin de evitarme los hielos cuando amenazan los glaciares, o reducirlas al mínimo una vez que la lava de los volcanes, como la sopa ardiente que acaba de salir de los altos hornos de la Tierra, carezco de criterios que permitan extraer de lo particular los materiales necesarios para lograr la máxima eficacia con el mínimo gasto de recursos. Entonces, una de estas pantuflas, que no son unas pantuflas cualesquiera, me vendrían de periquete.
No obstante, ya me pondré a ello asesorado por expertos cualificados, ya que soy un desastre para las compras. Eso sí, puestos a buscar, como una de esas cosas que no se me dan demasiado bien, revuelvo entre las historias del mundo y me pongo las zapatillas. Podría haber dicho que me pongo las botas, pero no es para tanto.
Por ejemplo, una leyenda registrada en el sur de California a la que se alude con el nombre de “Tacones”...
Se cuenta de una hermosa mujer que residía cerca del malecón costero de la Bahía de La Paz. Al parecer, una apasionada bailarina.
Cuando sucedió todo, durante los años 80 del pasado siglo, esta mujer había sido invitada a un festejo, de los que se desarrollaban en la ciudad casi a diario, y hubo de ir sola.
Todavía era de noche cuando, acabada la fiesta, espléndida con su vestido de lentejuelas y zapatos de tacón alto, transitaba de regreso a su casa. Desde una calle desierta salieron a su paso unos sujetos que pretendieron detenerla. Ella gritó solicitando ayuda, pero no tuvo suerte: nadie acudió y, a la carrera, como los altos tacones fueron un inconveniente grave para escapar, los miserables que corrían tras ella la alcanzaron, abusaron de ella y la dieron muerte.
Vino la indignación cuando los hechos se conocieron y, misteriosamente, la venganza: la joven comenzó a aparecerse en busca de sus asesinos.
Quienes la han visto la describen como una brillante sombra y un taladrante y apresurado sonido de tacones.
Un hombre contó su experiencia en estos términos:
«Divisé a una mujer de silueta encantadora. En principio no podía verle la cara, pero sentí que su caminar y su contoneo eran de los que se realizan para seducir o para ser seducidos. De pronto escuché que la mujer me hablaba acercándose».
Contó que cuando por fin pudo distinguirle la cara, aquella apariencia femenina se fue transformando en una especie de demonio que lo persiguió y alcanzó hasta rasgarle la espalda. Desde entonces, el ruido de los tacones no lo deja en paz desde que se pone el sol hasta que amanece.
Sin embargo, mejor es la leyenda de los zapatos de la reina Isabel I.
Se cuenta que el alma de la reina perteneciente a la dinastía Tudor, que gobernó Inglaterra desde 1558 hasta su muerte en 1603, reside en el Etna, debido a un pacto que hizo con el diablo a cambio de su ayuda para ascender al trono de Inglaterra.
Cuando murió la reina, Satanás estaba junto a su cama. Tan pronto como hubo expirado, nada podía impedir que el diablo se la llevara. Atravesó con ella Francia e Italia y, cansado del viaje y del peso, para descansar de la larga jornada, depositó el cuerpo de la reina sobre Rocca Calanna.
Al reanudar el vuelo, una zapatilla tachonada de gemas cayó del pie de su majestad. Calzado que había dejado su huella impresa en la roca.
Mucho tiempo después, un pastorcillo, mientras pastoreaba a sus ovejas, vio brillar esa zapatilla. Quiso tocarla, pero ¡cuál no fue la sorpresa cuando se quemó las manos!
Se llamó a un fraile exorcista, gracias al cual la zapatilla desapareció por el aire, yendo a detenerse en una torre del castillo de Maniace, cerca de Bronte.
Se volvió a hablar de la zapatilla casi dos siglos después, cuando en 1799 el castillo de Maniace fue donado por los Borbones al almirante inglés Horatio Nelson, durante una fiesta de baile celebrada en Palermo. En esa ocasión, una misteriosa dama —el fantasma de la reina Isabel— le dio en secreto a Nelson un precioso cofre, dentro del cual se guardaba la fatídica zapatilla, y le aconsejó que nunca se lo mostrara a nadie y que lo cuidara muy celosamente.
Sin embargo, Nelson no hizo honor al compromiso y enseñó el cofre y su contenido a su amante Emma Hamilton.
Esa misma noche la misteriosa dama se le apareció en un sueño y le dijo:
«¡Miserable! ¡Perdiste tu fortuna!».
Unos días después, Nelson murió en la batalla de Trafalgar, el 21 de octubre de 1805.
Zapatos, zapatillas… ¿quién da más?
Me destoso.
https://sudcalifornios.com/item/mitos-cuentos-y-leyendas-sudcalifornias-6
La imagen se obtuvo gracias a los servicios que proporciona GEMINI.




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