OCTUBRE ESTÁ PARA RECIBIR TIERRA
Buenas noches nocturnas… Tras la recientísima catástrofe ferroviaria, en muchos lugares se han decretado días de luto y se han suspendido acontecimientos ligados a distintos festejos con motivo de este final de mes en el que se citan los monstruos, los fantasmas, los galanes despiadados —y luego arrepentidos— y los muertos.
No sé si es una medida acertada. No tengo una opinión en contra ni la tengo a favor. Estimo que debería garantizarse la libertad de contribuir o de abstenerse. Y eso supone, por supuesto, que lo que estaba previsto no decaiga.
Me parece bien que las instituciones cumplan con protocolos y, dentro de las costumbres sociales, fijen una posición representativa. Pero el dolor, la empatía y sus otras manifestaciones son patrimonio de cada uno. Cada uno ha de reaccionar como entienda que debe.
Los médicos, por ejemplo, se sentirán abrumados por lo que acaba de ocurrir, al igual que muchas otras personas, y siguen haciendo su trabajo. No han abandonado sus tareas a pesar de la conmoción. Profesionales en general, como los propios de los transportes ferroviarios, los bomberos, los policías y cuantos trabajadores hayan tenido que intervenir en este desgraciado asunto, y los que tampoco descansan porque atienden al periodo laboral que les corresponda, prosiguen sus tareas.
Es verdad que el luto no solo es una enseña, sino una comunicación capaz de conferir, mediante el valor de los actos, el respaldo de un compromiso moral. Dejamos de lado la fiesta porque nos dolemos, sufrimos y queremos estar con los que sufren, al menos, en estas primeras horas.
Todo eso es comprensible. Sin embargo, ¿cambian las cosas por ello?
Mis dudas tienen que ver con las formas. Si aceptamos que son importantes, algo debiera hacerse, siempre, sin reparar en el número de fallecidos: da lo mismo si han sido cien, doscientos o cuatro, a fin de mostrar respeto y solidaridad con los que han muerto y con los que viven privados para siempre de quienes eran los suyos.
Y desconozco si esto sirve. Incluso si a los que somos ajenos, por más que paisanos, nos ha de valer.
Antes de que todo esto sucediera, estuve pensando en alguna ocurrencia macabra. Alguna broma, disfrazada de susto, sobre todo irónico.
Esta mañana, al escuchar una grabación de la serie APRENDEMOS JUNTOS, en la que intervenía el director de cine y escritor Rodrigo Cortés, entendí que era partidario de incluir el sentido del humor incluso en los peores momentos, en los más aciagos. Porque, si hay motivos para la sonrisa, todo mejora.
Tampoco estoy seguro de esto. Dependiendo de quién me lo exponga, asentiré solo para pensarlo o lo descartaré por simplista. Cortés, por lo que he sabido de sus manifestaciones y convocatorias artísticas hasta hoy, me merece cierto crédito. Así que lo voy a meditar.
Y, como voto a favor de esto que digo considerar, un texto muy breve obtenido después de una correría por la red social X, sin que tuviera objetivos previos. Es un tuit que se lee en la cuenta del usuario Coronel Vlado (@Cnel_Vladimir):
«Mi hijo me dijo con 4 años que no le gustaba Halloween ni disfrazarse ni los caramelos, que prefería venir con nosotros al cementerio. Y allí íbamos los tres con nuestras palas a desenterrar cadáveres».
Y si nos pusiésemos a comentar las características de la fiesta anglosajona, cuyo nombre y algunas formas, al menos, predominan actualmente, quienes saben de la verdadera naturaleza de la misma nos dirían que son fechas, en tierras yankees, para reír y desfilar, no necesariamente revestidos de espantosas criaturas.
No obstante, cuando octubre declina, siempre reaparece Don Juan, aunque de sus aventuras la segunda parte, esa en la que hay cementerios, fantasmas y redención, no me llama, y lo traigo aquí un poquito antes de dar por cerrada esta comunicación:
Buen lance, ¡viven los cielos!
¡Estos son los que dan fama!
Mientras le soplo la dama,
él se arrancará los pelos
encerrado en mi bodega.
¿Y ella...? Cuando crea hallarse
con él... ¡ja! ¡ja!... ¡Oh! y quejarse
no puede; limpio se juega.
A la cárcel le llevé,
y salió; llevome a mí,
y salí; hallarnos aquí
era fuerza... ya se ve,
su parte en la grave apuesta
defendía cada cual.
Mas con la suerte está mal
Mejía, y también pierde ésta.
Sin embargo, y por si acaso,
no es de más asegurarse
de Lucía; a desgraciarse
no vaya por poco el paso.
Mas por allí un bulto negro
se aproxima... y, a mi ver,
es el bulto una mujer.
¿Otra aventura? Me alegro.
Si no sitúan este parlamento, busquen la obra. Y si además la encuentran sobre un escenario, habrán empleado bien el tiempo. Aunque tampoco deben hacerme mucho caso.
Me destoso.
https://x.com/Cnel_Vladimir/status/2116210916647731698?s=08
https://www.suneo.mx/literatura/subidas/Jos%C3%A9%20Zorrilla%20Don%20Juan%20Tenorio.pdf
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona GEMINI.




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