TAMBIÉN SE LLAMA MARMITA


Buenas noches nocturnas… Al pasar, vi en un escaparate una olla metálica, reluciente, hermosa por su generoso volumen. Nada que me sugiriera las posibilidades de una cocina como las que existen en los domicilios privados actuales. De hecho, ante el auge de las comidas elaboradas fuera de las casas y de la estancia en establecimientos de restauración para, al menos, cumplir con las expectativas de la principal comida de la jornada, alguien ya ha pronosticado que desaparecerán. Desde todos los ámbitos nos animan a cocinar y responsabilizarnos de lo que comemos, pero no hay ni tiempo ni ganas, salvo que se sea muy forofo de los fogones y se disponga de espacio y materiales adecuados. Cuando los cocineros de televisión preparan sus recetas ante las cámaras, dan por sentado que quienes atendemos a sus recomendaciones tenemos a nuestra disposición todo el despliegue de menaje que ellos utilizan profesionalmente. Y no es así.


Pero, a la olla. La olla era, como indiqué, grande. Propia de cocinas y restauradores acostumbrados a preparar raciones para bastante gente. Y no estoy pensando solo en cocinas industriales… a fuerza de ser sincero, vino a mi mente el nombre del cocinero televisivo Jordi Cruz.


La carrera en televisión del chef catalán no debe ser lo más notable en cuanto al oficio y la profesionalidad que lo han hecho merecedor de galardones como las conocidas «Estrellas Michelin», pero, además, tiene sus cuentas en redes sociales. Alguna vez he seguido sus recetas y siempre veo utensilios de notables proporciones. De ahí que asociara lo visto en el comercio que mencioné con el nombre de este popular y temido juez del concurso en el que interviene junto a Pepe Rodríguez y Marta Sanahuja.


Pero, una vez descartada la ocurrencia televisiva, volvió a quedarse conmigo la olla.


Luego estuve pensando en estos ejemplares del menaje de cocina. En su historia, pues eso me parecía una posibilidad no precisamente desnortada. En la diferencia entre ollas y pucheros, pues, aunque parezcan sinónimos, existen varias diferencias.


Las ollas son recipientes más anchos, abombados y de boca más amplia. Desde antiguo se hicieron de hierro, cobre, acero o cerámica, y están diseñadas para contener grandes volúmenes de líquido y sólidos. Por su estructura, es relativamente sencillo remover su contenido con comodidad e introducir piezas enteras de carne o ave.


El puchero, sin embargo, es un recipiente más alto en proporción a su base, con una boca más estrecha y un perfil, por lo general, de panza marcada que suele cerrarse ligeramente hacia arriba, generalmente hecho de barro cocido, si se atiende a la tradición. Esta forma más estrecha en la parte superior ayuda a que los vapores se concentren y el líquido se evapore más lentamente, lo que resulta ideal para cocciones prolongadas en las que el caldo debe conservarse.


Parece mentira que me entere ahora de estas cosas, cuando apenas sé distinguir un cazo de una sartén. Mas así son los días y las noches.


Sea como sea, en vez de buscar recetas y alimentos, como es muy común en mí, busqué relatos y cuentos. Esta es mi reacción inmediata cuando algo me estimula o me sorprende. He de explicarlo, aunque, por reiteración, para el lector habitual resulte evidente.


Y algunas cosas he encontrado. En el ámbito de lo tradicional y en el de las leyendas... Por ejemplo:


Era un lechero acaudalado que contaba con varios trabajadores en su lechería. Llamó a uno de ellos, Ashok, y le entregó una olla llena de mantequilla para que la llevase a un cliente de un pueblo cercano. A cambio, le prometió algunas rupias extras.


Ashok, muy contento, colocó la olla sobre su cabeza y se puso en marcha, mientras se decía para sí:


«Voy a ganar dos rupias. ¡Qué bien! Con ellas compraré gallinas; estas pronto se multiplicarán y llegaré a tener nada menos que diez mil. Luego las venderé y compraré cabras. Se reproducirán, venderé parte de ellas y compraré una granja. Como ganaré mucho dinero, también compraré telas y me haré comerciante. Será estupendo. Me casaré, tendré una casa soberbia y, naturalmente, dispondré de un excelente cocinero para que me prepare los platos más deliciosos, y si un día no me hace bien la comida, le daré una bofetada».


Al pensar en propinarle una bofetada al cocinero, Ashok levantó automáticamente la mano, provocando así la caída de la olla, que se hizo mil pedazos contra el suelo y derramó su contenido. Desolado, volvió al pueblo y se enfrentó al patrón, que exclamó:


-¡Necio! ¡Me has hecho perder las ganancias de toda una semana!


Y Ashok replicó:


-¡Y yo he perdido las ganancias de toda una vida!


Se trata de un cuento tradicional, de autor anónimo, localizado en la India. Lo más natural es que nos suene protagonizado por una esperanzada y soñadora muchacha, que no tenía ni olla ni puchero.


Al final, si uno se despista, lo que estuvo dentro se derrama y se pierde todo. Simple información. Las moralejas no concuerdan conmigo.



Me destoso. 



La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona GROK.






Selección gráfica del día...

CAÍN en La Razón 29 de octubre de 2026



FLAVITA BANANA en El Pais 29 de octubre de 2026



TOMÁS SERRANO en El Español 29 de octubre de 2026




Selección de contenidos...

Primera: 

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Segunda:


Arturo de Carmen - Catarsis Zombie


En el Canal Arturo de Carmen

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Tercera:

Texas - Another Way To Cry

En el Canal Texas

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