LO MISMO, PERO NO
Buenas noches nocturnas… Una vez satisfechas las primeras tareas domésticas de la jornada, acude, como todos los días, a su habitación. Abre la ventana. Recoge de la mesilla de noche la agenda. Se dirige a la entrada de la casa y la deposita en la mesita del recibidor. Luego desanda el camino, cierra la ventana y regresa al lugar mismo donde dejó el necesario cuaderno. Echa un último vistazo, comprueba que lleva lo necesario, toma la agenda y sale a la calle.
Expuesto así, acabo de comunicar una sucesión de actos carentes de todo brillo. Puede presuponerse, con razón, que se trata de una costumbre. Ni más ni menos.
Ahora bien…
Una vez satisfechas las primeras tareas domésticas de la jornada —al fin y al cabo, aún puede valerse por sí mismo y nada le impide cumplir con el mantenimiento de su propia vida—, acude, como todos los días, a su habitación. Se dispone a realizar lo que hace tan a menudo porque es su manera de no olvidarse de las cosas: repetir es automatizar y, mediante ese mecanismo, unos asuntos siguen a otros, con lo que se evitan percances y renuncios. Hay que alegrarse también por esto.
Abre la ventana. Afortunadamente, gracias al buen patio de la casa y a un par de árboles que crecen en él, entra aire casi limpio. Algo que se agradece cuando los humores gaseosos de los vehículos en la ciudad y otras fuentes de contaminación promueven una atmósfera desagradable y peligrosa.
Recoge de la mesilla de noche la agenda. Con ayuda de esa muleta, reparte migas de pan que deja a la vista por escrito y ordena los aconteceres sin que se quede nada al margen. La inteligencia sirve para esto: para valerse de los recursos que uno tiene a fin de progresar sin contratiempos. Bien por mí, piensa.
Se dirige a la entrada de la vivienda y deposita la agenda en la mesita del recibidor. En ocasiones había dudado de la utilidad de ese mueble, viejo y demasiado voluminoso para el espacio disponible. Pero se alegra de haberlo conservado. Es distinto y principal. Desde él parte y a él llega… ¿Parte?, murmura. ¡Puerto!
Luego desanda el camino, cierra la ventana y regresa al lugar donde dejó el necesario cuaderno. No falta un día a ese recorrido y lo comienza en su propio domicilio, pues va y viene con frecuencia. La salud, su salud, le permite ese derroche que, en verdad, tampoco es para tanto.
Echa un último vistazo, comprueba que lleva lo necesario, toma la agenda y sale a la calle. Así, con seguridad. Decidido. Bien encaminado.
En esencia, todo esto es lo mismo que se relató al principio. Algo que pudiera asemejarse a una forma anodina de vida.
Sin embargo, veamos…
Una vez satisfechas las primeras tareas domésticas de la jornada, acude, como todos los días, a su habitación. Es fastidioso todo lo que tiene que hacer una vez que el día se pone en marcha. No le gusta la intendencia y ya le duelen los huesos de resolver problemas que se convertirán al día siguiente en nuevos problemas.
Abre la ventana. La maldita ventana. Porque, si no lo hace, la casa, y en particular esa habitación, se queda sin ventilar. Pero ya hace frío y, en verano, demasiado calor… Abrir la ventana es un anticipo del infierno.
Recoge de la mesilla de noche la agenda. ¡Manda testículos que tenga que anotarse todas las cosas porque, si no, es incapaz de acordarse de su propio careto!
Se dirige a la entrada de la vivienda y la deposita en la mesita del recibidor. Ese estúpido mueble que todavía conserva porque no tiene dinero ni tiempo para comprarse una cosa más apañada.
Luego desanda el camino, cierra la ventana y regresa al lugar mismo donde dejó el dichoso cuaderno. Echa un último vistazo, que nunca faltan ocasiones para el despiste porque le acosa la senilidad, comprueba que lleva lo necesario, toma la agenda, la condenada agenda, y sale a la calle.
Esta variante sugiere que las mismas cosas pueden percibirse como las observa el soldado que está dentro de una trinchera mientras bombardean su posición.
Y es un supuesto que no ofreció Juan Carlos Ortega, humorista grande entre los grandes de todos los tiempos y de todos los lugares, a mi modesto parecer, en uno de los últimos episodios que he escuchado de sus «Noches de Ortega», en la Cadena SER. Lo tituló «Un día en la vida» y reproduce un diálogo entre un oyente y el locutor. El primero explica una jornada cualquiera de su existencia y el otro le invita a valorar todo lo que suele pasarse por alto en acontecimientos aparentemente simples. Pero esto solo es una línea argumental.
El caso es que me pareció que, efectivamente, a veces desestimamos el peso de las cosas, incluso de aquellas que, consideradas desde la objetividad, podrían calificarse de intrascendentes, del mismo modo que pueden ser causantes de terribles padecimientos si se contemplan de otro modo.
Nada más. Eso aprendí.
Me destoso.
https://www.youtube.com/watch?v=WesYM97sFzE&list=PLyiJZcChPSpxDLW74tD6GxEPPhSwqKv6e&index=2
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona ChatGPT.




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